Hace un buen rato
he tenido la intención de contar poco a poco, como es mi nueva vida en el país
del queso, las baguettes y la gente que huele muy bien (NOT). Y hay muchas
cosas que decir gracias a todas las nuevas experiencias a las que uno está
expuesto cuando decide cambiar su país de residencia, así sea por unos cuantos
meses.
Desde
acostumbrarse a un nuevo idioma o acostumbrarse a que extranjeros con otra
lengua materna intenten hablar español con un acento “españolete”. Pasando por,
la duda constante de no saber si cruzar las calles como si estuviéramos en
nuestra tierra natal donde no le importa a uno nada o poco la cultura
ciudadana, o tal vez intentar comportarse según las supuestas normas sociales,
para luego darse cuenta que la gente acá también se cruza los semáforos en
rojo, orina en las calles, bota basura al suelo, etc. Hasta, acostumbrarse a
que las únicas frutas en la bolsa de mercado serán manzanas y unas diminutas
mandarinas, ya que son las más económicas y el bolsillo de estudiante no da
para más.
Y eso es lo que
hace que a pesar de la rutina, cada día sea una experiencia especial; tengo ya
un gran arrume de pequeñas detalles que me transforman día a día, unos tan banales
como no poder cortarse el pelo por estar acostumbrada a ir a un lugar mas o
menos decente por 10mil pesos pero acá me quieren sacar desde 25euros por uno
de ellos. Otros un poco mas personales, como entender que el país y por lo
tanto el ambiente en el que uno se haya criado determina poco o mucho la forma
de ser y de reaccionar a diferentes situaciones; por ejemplo, puede pasar que alguien
pierda sus cabales en situaciones simples en las que a mi posiblemente ni me
genere un mínimo de ansiedad, o puede pasar que no te quepa en la cabeza como
puede haber seres tan tímidos y que puedan no decir ni una sola palabra en una
reunión, tan solo porque los criaron para no hablar ni expresarse.
La verdad es que
me quiero quedar por acá, aunque no para toda la vida. Y no es por las razones
que suelen pensarse, en este momento de crisis y post crisis económicas no sé
que tantas más oportunidades pueda ofrecerse por fuera de Colombia, y la verdad
no quiero ser un “cerebrito perdido” que se fue de su patria sin intentar antes
mejorar la situación en casa. Las razones son muy diferentes, solo quiero
cambiar de ambiente y conocer lugares nuevos, ya conozco mucho mi ciudad y
tengo mucho tiempo en la vida (si al salir del trabajo no me estrella un bus)
para regresar.
Tal vez, no es
que me quiera quedar acá, rectificando, es que no me quiero quedar en ningún
lado. No tengo razón alguna para establecerme en ningún lado, ninguna
pertenencia ni relación que me obligue a quedarme en un lugar en especial.
Parece ser que soy nómada y en este momento de mi vida, recorro libre el mundo.